Cuatro años a bordo de mí mismo
Por KATERINE JAIMES y MARCELA FRANCO
Luego de una
primera lectura de nuestra obra objeto, consideramos que la motivación
ideológica que condujo a Zalamea a escribir Cuatro años a bordo de mí mismo
fue el inconformismo ante las ambigüedades del discurso modernista que en ese
momento cobraba furor en nuestro país. Como sabemos, la novela fue escrita en
1923 y publicada en el año de 1935, cuando Colombia afrontaba un momento de transición
hacia la modernidad.
El surgimiento de las ideas capitalistas en todo el mundo que proclamaban el nacimiento de la prometedora modernidad, incitaban al país a asumir modificaciones en sus estructuras políticas, sociales y culturales.
El país se
encontraba en medio de un choque entre tradición y modernidad, así como en un
ambiente de tensiones entre quienes apoyaban la visión esperanzadora de un
progreso que se extendería a todas las esferas de nuestra sociedad y entre
aquellos que vislumbraban las dificultades de imponer dicho sistema a un país
que aún no había superado, en muchas de sus zonas, sistemas sociales arcaicos.
Además de las ideas
capitalistas, el país afrontaba cambios políticos coyunturales, pasando de una
hegemonía conservadora a un sistema político moderno. Para quienes ponían en
tela de juicio las ideas modernistas, la brusca irrupción del capitalismo y de
las nuevas ideas progresistas y utilitaristas permearían todos los espacios de
nuestra sociedad, desde la naturaleza del individuo, pasando por la arquitectura,
hasta modificar nuestra idea de cultura y nuestras tradiciones.
Zalamea Borda,
bogotano de nacimiento y de crianza, en plena juventud, se encuentra en el
epicentro de esa problemática política y cultural. El narrador de Cuatro años a bordo de mí mismo, el
mismo Zalamea, nos expone claramente en el texto su agotamiento y repudio hacia
esa superflua modernidad.
El joven bogotano,
quien nos comparte su crónica de viaje, a modo de diario personal, manifiesta
su deseo de huir de una sociedad que percibe como farsante e hipócrita, siendo
ésta la única motivación de su travesía.
El personaje principal de la historia se siente violentado en su naturaleza
humana por esa sociedad que juega a la modernidad y decide partir en busca de
sí mismo.
Durante el transcurso de la narración, el joven no sólo manifiesta su hastío por vivir en una urbe que se encuentra deslumbrada y suspendida en una modernidad que le ha sido impuesta como moda y que no representa en realidad un proceso hacia la evolución integral del país, sino que denuncia a modo de crítica social lo paradójico de ese supuesto progreso.
Con un tono irónico
y de burla nos describe, por una parte, una Colombia convencida de las nuevas
ideas progresistas y esperanzadoras, donde las nuevas actitudes pretensiosas y
fingidas, símbolo del progreso, cobraban protagonismo. En contraparte y como
argumento para demostrar la ambigüedad de la modernidad, devela una Colombia
primitiva y salvaje, en la que la explotación humana, específicamente indígena,
aún no es cosa del pasado.
Sin embargo, lo
contradictorio del pensamiento de la época también se ve reflejado en el
personaje principal, el mismo Zalamea, quien se encuentra en una disyuntiva:
¿modernidad o primitivismo, progreso o tradición?
Es así como vemos que los espacios y los personajes son descritos por el narrador desde dos perspectivas contradictorias, por un lado son idealizados y al mismo tiempo rechazados.
Por otra parte, Bogotá es una ciudad civilizada, pintoresca, con mujeres agradables y automóviles, que ofrece un buen espectáculo, pero demasiado hipócrita, pretensiosa y desagradable a los ojos, pues “estaba desastrosamente construida”.
Vemos entonces que
para el protagonista de la historia la capital en ese momento es un lugar que
le roba su libertad, que lo oprime, que no lo deja ser él y que lo priva de las
sensaciones reales. Lo demuestra al detallar esa ciudad de un ambiente culto y
falaz, de futuras imitaciones de grandes edificaciones, autos lujosos,
tertulias literarias, mujeres y hombres de bien, que al mismo tiempo ignoran la
otra realidad de sometimiento, explotación, salvaje, de olores y sensaciones
erotizados, de arraigo lingüístico, cultural y ancestral.
Por ello idealiza a
De todas maneras, si bien el narrador durante la historia parece no tener muy claro si optar por la modernidad o por lo primitivo, al final del libro parece resolverse por el mundo que le permite ser él mismo y disfrutar de la aventura de sentir:
La voz ríe hipócrita dentro de
mí, y pregunta:
-A eso llamas haber vivido?
Y yo tembloroso…respondo:
-Sí, he vivido 4 años a bordo
de mi mismo…
En suma, el juicio
y la crítica presentes en esta obra van dirigidos a ese modernismo falso y
rutinario, que zombifica con su cotidianidad, al cosificar a las personas
consumistas del momento. Ataca a esa modernidad
deshumanizada, que desde ese momento presagiaba los conflictos que
provocaría la globalización que hoy vivimos.
Zalamea Borda recurre al género periodístico de la crónica con la intención de lograr una narración que enlace ficción y realidad, rompiendo así con la tradición del romanticismo lírico de la época en la narración. Dicha estrategia le permite reforzar el tono de crítica y de denuncia hacia la ambigua realidad cultural e ideológica que le asfixia.
Tampoco es gratuito que decida imprimirle un toque de diario, otorgándole la voz al joven protagonista. La narración en primera persona le permite asumir un tono personal, describir desde las sensaciones y pensamientos del personaje principal y a través de él emitir juicios y críticas. Al mismo tiempo, el ritmo y el tono de la obra cobran realismo.
Por otra parte, debemos decir que los diálogos que ocasionalmente se incluyen en el texto le permiten al narrador representar de manera real el lenguaje coloquial de la región caribeña y rescatar el folclor de sus gentes.
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