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Bogotá D.C. 20 de mayo de 2012

ISSN 2145-7999

Cuatro años a bordo de mí mismo

Cuatro años a bordo de mí mismo



El presente análisis de “cuatro años a bordo de mí mismo” de Eduardo Zalamea Borda pretende dar respuesta al interrogante: ¿cuál fue la motivación ideológica que llevó a Zalamea Borda a escribir esta crónica?; precisamos que el concepto de forma lo abordaremos básicamente como el modo de expresar las ideas en una obra literaria. En ese sentido abordaremos aspectos tales como: uso del lenguaje, manejo del tiempo y de los espacios, temas expuestos en la obra, ritmo del relato y naturaleza del narrador, los cuales nos conducirían al desarrollo de nuestro propósito.

 


Por KATERINE JAIMES y MARCELA FRANCO

Luego de una primera lectura de nuestra obra objeto, consideramos que la motivación ideológica que condujo a Zalamea a escribir Cuatro años a bordo de mí mismo fue el inconformismo ante las ambigüedades del discurso modernista que en ese momento cobraba furor en nuestro país. Como sabemos, la novela fue escrita en 1923 y publicada en el año de 1935, cuando Colombia afrontaba un momento de transición hacia la modernidad.

El surgimiento de las ideas capitalistas en todo el mundo que proclamaban el nacimiento de la prometedora modernidad, incitaban al país a asumir modificaciones en sus estructuras políticas, sociales y culturales.

El país se encontraba en medio de un choque entre tradición y modernidad, así como en un ambiente de tensiones entre quienes apoyaban la visión esperanzadora de un progreso que se extendería a todas las esferas de nuestra sociedad y entre aquellos que vislumbraban las dificultades de imponer dicho sistema a un país que aún no había superado, en muchas de sus zonas, sistemas sociales arcaicos.

Además de las ideas capitalistas, el país afrontaba cambios políticos coyunturales, pasando de una hegemonía conservadora a un sistema político moderno. Para quienes ponían en tela de juicio las ideas modernistas, la brusca irrupción del capitalismo y de las nuevas ideas progresistas y utilitaristas permearían todos los espacios de nuestra sociedad, desde la naturaleza del individuo, pasando por la arquitectura, hasta modificar nuestra idea de cultura y nuestras tradiciones.

Zalamea Borda, bogotano de nacimiento y de crianza, en plena juventud, se encuentra en el epicentro de esa problemática política y cultural. El narrador de Cuatro años a bordo de mí mismo, el mismo Zalamea, nos expone claramente en el texto su agotamiento y repudio hacia esa superflua modernidad.

El joven bogotano, quien nos comparte su crónica de viaje, a modo de diario personal, manifiesta su deseo de huir de una sociedad que percibe como farsante e hipócrita, siendo ésta la única motivación de su  travesía. El personaje principal de la historia se siente violentado en su naturaleza humana por esa sociedad que juega a la modernidad y decide partir en busca de sí mismo.

Durante el transcurso de la narración, el joven no sólo manifiesta su hastío por vivir en una urbe que se encuentra deslumbrada y suspendida en una modernidad que le ha sido impuesta como moda y que no representa en realidad un proceso hacia la evolución integral del país, sino que denuncia a modo de crítica social lo paradójico de ese supuesto progreso.

Con un tono irónico y de burla nos describe, por una parte, una Colombia convencida de las nuevas ideas progresistas y esperanzadoras, donde las nuevas actitudes pretensiosas y fingidas, símbolo del progreso, cobraban protagonismo. En contraparte y como argumento para demostrar la ambigüedad de la modernidad, devela una Colombia primitiva y salvaje, en la que la explotación humana, específicamente indígena, aún no es cosa del pasado.

Sin embargo, lo contradictorio del pensamiento de la época también se ve reflejado en el personaje principal, el mismo Zalamea, quien se encuentra en una disyuntiva: ¿modernidad o primitivismo, progreso o tradición?

Es así como vemos que los espacios y los personajes son descritos por el narrador desde dos perspectivas contradictorias, por un lado son idealizados y al mismo tiempo rechazados.

La Guajira, por ejemplo, representa la utopía de lo natural, de lo salvaje, de lo exótico, un lugar que permite aún disfrutar de las sensaciones de riesgo y que otorga todo lo que necesita el ser humano para vivir. Sus mujeres nativas son hermosas e idílicas en su naturalidad, al igual que los hombres en su honestidad y rudeza. Al mismo tiempo, es un lugar de degradación, donde actos inmorales o no éticos como la explotación humana siguen vigentes.     

Por otra parte, Bogotá es una ciudad civilizada, pintoresca, con mujeres agradables y automóviles, que ofrece un buen espectáculo, pero demasiado hipócrita, pretensiosa y desagradable a los ojos, pues “estaba desastrosamente construida”.

Vemos entonces que para el protagonista de la historia la capital en ese momento es un lugar que le roba su libertad, que lo oprime, que no lo deja ser él y que lo priva de las sensaciones reales. Lo demuestra al detallar esa ciudad de un ambiente culto y falaz, de futuras imitaciones de grandes edificaciones, autos lujosos, tertulias literarias, mujeres y hombres de bien, que al mismo tiempo ignoran la otra realidad de sometimiento, explotación, salvaje, de olores y sensaciones erotizados, de arraigo lingüístico, cultural y ancestral.

Por ello idealiza a la Guajira, por esa simplicidad auténtica, donde los sentidos están a flor de piel, sus gentes y costumbres tan espontáneas, diferentes a la pose artificial que ofrece la modernidad y deshumaniza visionando los acontecimientos en el texto y expresando libremente lo que ve, siente y piensa.

De todas maneras, si bien el narrador durante la historia parece no tener muy claro si optar por la modernidad o por lo primitivo, al final del libro parece resolverse por el mundo que le permite ser él mismo y disfrutar de la aventura de sentir:

La voz ríe hipócrita dentro de mí, y pregunta:

-A eso llamas haber vivido?

Y yo tembloroso…respondo:

-Sí, he vivido 4 años a bordo de mi mismo…

 

En suma, el juicio y la crítica presentes en esta obra van dirigidos a ese modernismo falso y rutinario, que zombifica con su cotidianidad, al cosificar a las personas consumistas del momento. Ataca a esa modernidad  deshumanizada, que desde ese momento presagiaba los conflictos que provocaría la globalización que hoy vivimos.

Zalamea Borda recurre al género periodístico de la crónica con la intención de lograr una narración que enlace ficción y realidad, rompiendo así con la tradición del romanticismo lírico de la época en la narración. Dicha estrategia le permite reforzar el tono de crítica y de denuncia hacia la ambigua realidad cultural e ideológica que le asfixia.

Tampoco es gratuito que decida imprimirle un toque de diario, otorgándole la voz al joven protagonista. La narración en primera persona le permite asumir un tono personal, describir desde las sensaciones y pensamientos del personaje principal y a través de él emitir juicios y críticas. Al mismo tiempo, el ritmo y el tono de la obra cobran realismo.

Para finalizar, diremos que Cuatro años a bordo de mí mismo es una novela, una crónica de viaje y un diario, todo en una sola obra. Se encuentra dividida en 28 capítulos, narrados cronológicamente y en tiempo presente, como es natural de la crónica periodística, con algunas analepsis y prolepsis atadas a episodios de reflexión del autor; detalle éste que ejemplifica rasgos de la modernidad naciente en las letras nacionales, en oposición a la tradición euro centrista.

Por otra parte, debemos decir que los diálogos que ocasionalmente se incluyen en el texto le permiten al narrador representar de manera real el lenguaje coloquial de la región caribeña y rescatar el folclor de sus gentes.