Sólo
una invitación a Paradiso de José Lezama Lima
Por KATERINE JAIMES PEÑA
Este escrito, que hemos dado por llamar Diario de Lectura, no pretende más que exponer los sentimientos que como lectora me produjo la obra Paradiso, del escritor cubano José Lezama Lima. A lo que quiero llegar es a que, de ningún modo, tengo la pretensión de realizar un análisis crítico de esta novela ya que, en mi posición actual, sería simplemente una osadía tal intención.
Mi primera lectura la hice un día cualquiera de marzo, sentada en mi cama de la habitación de estudiante, la cual ocupo desde que decidí radicarme en Bogotá para emprender mis estudios en literatura.
Hacía una tarde gris, que me pareció propicia para emprender mi encuentro con aquella historia de la que el maestro de la cátedra hablaba con enconada pasión contagiosa.
A mi encuentro sale una mujer de nombre Baldovina, a quien veo preocupada por la salud de un niño que está a su cargo. Su historia es contada por un narrador omnisciente, es decir, quien lo ve todo pero no participa de la acción.
El narrador va martillándome la mente con una maratón de imágenes que construye con palabras de una gran carga metafórica y algunos símiles, los cuales al parecer prefiere por sobre las frases simples y directas.
Sin embargo, este recurso parece resultarle mucho más efectivo que unas cuantas palabras directas, al menos en lo que ha despertar sensaciones y visiones respecta.
Junto a la afanosa situación de Baldovina, van apareciendo con naturalidad otro número importante de personajes: Truni, el gallego Zoar y Morla.
Con frases certeras, pero sin abandonar las metáforas, el narrador va incluyendo de manera hábil dentro de la obra rasgos definitorios de los personajes. Esto lo logra sin necesidad de romper la continuidad de la historia.
Nos dice, sin decirlo, que Baldovina es una mujer de color que trabaja como empleada del servicio en la casa del Coronel, junto a los otros sirvientes. Ella, quien posee una cara de titi peruano, mantiene un profundo respeto frente a su amo, más fundamentado en la figura imponente de él que en el miedo.
Luego, a través de la descripción de los libros que conforman la biblioteca del Coronel, nos ofrece rasgos claros de la personalidad de este personaje. Lo hace, además, con un toque de ironía, de quien es conocedor y amante de las bellas letras y siente desprecio por los gustos mal enfocados.
El entorno familiar del Coronel se nos presenta como el de una familia pudiente y tradicionalmente católica, lo cual deriva de las líneas de consanguinidad provenientes de ingleses. Nos damos cuenta de su estatus económico por la descripción de la vivienda que habita, por las costumbres y por la cantidad de sirvientes que paga, entre otros factores.
Sin embargo, hay un dato curioso y es que pese a que la vivienda es ostentosa, los dos pequeños hijos de la pareja se ven obligados a compartir su habitación, aunque son de sexo diferente. Esto tal vez se deba a que con ellos viven también la abuela Augusta y el primo o sobrino del ‘jefe’, como se le llama en ocasiones al Coronel.
En estas primeras páginas, se delimita ya una profunda diferencia entre las costumbres y creencias del Coronel y la de sus empleados. Son formas radicalmente distintas de concebir y asumir la vida. La de los empleados es una posición mágica y mística, mientras que la familia de Cemí tiene una visión católica pero mesurada de los hechos.
Esta presentación de lo que constituye la vida familiar se encuentra demarcada, de cierta manera, en las clases dominantes que delimitan lo valido y lo descabellado. Me explico, la idea de curaciones sustentadas en lo metafísico, que es hacia donde más se encaminan las creencias de los empleados, en su mayoría aldeanos, es desacreditada por la de los amos; al menos en el marco de lo social.
Por otra parte, hay frases de una gran belleza que logran extasiar al lector y conmoverlo profundamente. Por ejemplo: “En esos momentos, el polvillo de la luz, filtrado por una persiana azul sepia, comenzó a deslizarse en su cabellera”.
El narrador, luego da un vuelco a la historia para centrarla en la mirada o en el ángulo de Juan Izquierdo, el cocinero alcohólico y de metas frustradas, condenado a la servidumbre cotidiana.
La palabra le es cedida al personaje para que él mismo presente su carácter psicológico, a través de un corto monólogo. Él es un gran cocinero y se siente frustrado al verse obligado a tener un trabajo mediocre y a pedir limosnas pese a su gran talento. Además, se percata de que su don no es admirado por la familia para la que cocina a diario.
Aquí, los olores y los sabores cobran gran protagonismo en la historia; pero demarcados en posiciones psicológicas de los personajes, en los estados de ánimo afectados por los acontecimientos ocurridos en la cocina. Es decir, a la vida familiar se le da un trasfondo demarcado en la importancia de la necesidad básica de la alimentación y de los hechos que giran en torno a ella y que marcan nuestra existencia.
Por otra parte y de manera simultánea, se acude a la tensión siempre existente entre el jefe o amo y el empleado; al sentimiento recurrente de superioridad del uno sobre el otro y de sumisión obligada y dolorosa del sirviente. Pero una relación que es ante todo de reciprocidad equilibrada.
El narrador nos conduce desde el sentimiento de rabia y de humillación de Juan Izquierdo, que llega a producirnos dolor; hasta la posterior desazón de la familia por la falta de un cocinero adecuado. Así, vamos y venimos, del dolor del cocinero, al placer de ver a la familia recibiendo su castigo, hasta la inevitable reconciliación de sentimientos.
El narrador acude a los reiterados saltos de tiempo, aunque no son demasiado abruptos en el primer capítulo. En las primeras páginas, narra en principio la situación de Baldovina con el pequeño niño enfermo, luego hace una presentación de los caracteres de algunos de los personajes principales y vuelve a la situación de la empleada con el niño.
Posteriormente nos presenta la historia desdichada del cocinero, pero esta se ve intervenida por la narración de una fiesta familiar del Coronel, en la cual hace uso de un toque de humor e ironía.
En el segundo capítulo da un gran salto en el tiempo. Mientras en el capítulo uno el niño Cemí contaba apenas cinco años, en estas páginas ya tiene diez.
En esos primeros párrafos se descubre también una obsesión de Lezama por la repetición de palabras en un solo párrafo, que le dan un tono musical y poético a la escritura, pero que, al mismo tiempo, conducen al lector por significados cambiantes.
Sin embargo, esa repetición agotadora de palabras, también cumple por momentos la función de reiterar el significado, incluso, de explicarlo. Distracción, piedra, compañía y paredón, son sólo algunas de las palabras que Lezama repite incesante.
También en este juego de palabras se denota un interés por imprimir un tono poético a la lectura, escribe, por ejemplo. “Su marcha se hacían también en esos momentos como el paredón, pasos tras pasos sumados, como sumados ladrillos dándonos la altura del paredón”.
Luego entra en acción el personaje de Mamita, quien salva al pequeño del bulto de aldeanos que amenazan con colgarlo. Pero además, ella trae consigo la historia de los huérfanos hermanos, criados por ella: Truni, Tránquilo y Vivo.
Desde aquí comienzan a aparecer infinidad de personajes, que van hilvanando historias paralelas, pero entrelazadas entre sí.
En este capítulo, de manera especial, hay una gran alusión a la sexualidad, la cual se presenta de manera directa, pero sin dejar de lado las metáforas. Es interesante cómo el autor se mofa, pero sin perder la compostura, de los distintos teatros o actuaciones que nacen en la cama de los amantes, en la cama de dos. Escribe, por ejemplo: “Fingía este unos respiros y entrecortados movimientos de disimulada frigidez…”
La frase citada, nos permite ver también la manera interesante en que Lezama Lima construye las oraciones, obligando al lector a hacer ordenamientos mentales constantes. Es una narración arbitraria, que rompe de manera constante con las reglas gramaticales y da un rico sabor poético a la lectura, pero también un toque de parodia.
Estos pasajes son una explosión de erotismo y de sexualidad, esta última explorada desde todos los ángulos posibles. Aquí hace la primera alusión a la homosexualidad, que se nos presenta con sencillez y cierto toque de humor.
Además, a través de personajes como Luba, explora las pasiones frustradas de una mujer, las cuales son enfocadas a un hombre reducido a presa carnal de los apetitos.
Aquí también aparecen personajes burlescos, como el doctor Copek, que se veía a sí mismo como un erudito perdido en un mundo plagado de ignorancia. A través de él, se incluyen ciertos toques misteriosos en la historia, como el traspaso del maloliente aroma de las axilas del coordinador de tránsito a las del doctor.
Luego, hay un nuevo salto en el tiempo. Esta vez, el narrador nos conduce hacia el pasado para contarnos la historia familiar de Rialta, la madre de José Cemí.
Nos dice que proviene de una familia numerosa, constituida por Augusta, la madre y por Andrés Olaya, el padre, así como por Leticia, Andresito y Alberto, los tres hermanos de Rialta. Aquí también está la presencia de la abuela materna, que juega, como en la historia de José Cemí, un papel preponderante en el árbol genealógico.
Estos pasajes se encuentran acompañados por la presencia de una pareja extranjera, que nos son descritos con una gran carga de humor e ironía. El padre, es un hombre de una personalidad contrastante, ya que aunque tiene ínfulas de superioridad por su procedencia y educación, al mismo tiempo posee una gran inseguridad.
Se describen los choques culturales entre la familia de extranjeros y el hogar de los Olaya; de manera especial entre las dos mujeres que se creen, cada una a su manera, dueñas de la verdad de la vida.
El narrador nos lleva por un viaje a través de pintorescas anécdotas familiares, demarcadas en personalidades contrastantes y en choques de culturas. En este capítulo, de manera especial, hay un tono de burla con relación a las influencias extranjeras que golpean a las culturas latinas, así como un cierto desprecio por la actitud sobrada y lúgubre de los norteamericanos.
Por otra parte, vemos que hay una serie de coincidencias en los personajes de la historia, de manera especial, en los masculinos. Es reiterativa la posición de huérfanos de los padres, Andrés Olaya y José Eugenio, por ejemplo. Por otra parte, también es una constante la descendencia vasca e inglesa de las parejas; así como su posición acomodada.
La importancia de la constitución del árbol genealógico, sus jerarquías y su continuo crecimiento y reproducción, es el tema que más martilla el cerebro cuando se lee esta obra. Es en ella, en la familia, donde empieza la vida, donde se continúa y se hace infinita. Es una concepción casi mística de esta institución.
Por otra parte y continuando con el manejo del lenguaje, detecto que en ocasiones el narrador utilizado por Lezama en Paradiso se sale de la historia para dirigirse al lector, en casi una intención de orientarlo por el camino correcto y de relacionarse con él. Lo digo por frases como las que citaré a continuación:
“Al padre de José Cemí a quien vimos en capítulos anteriores…lo vamos a ir descubriendo en su niñez” o “El hermano de la señora Rialta, que ya exigirá…penetrar en la novela”.
Conclusiones
Lo que concluyo es que de cierta manera cada una de las secciones en que se encuentra dividida la obra, fue destinada para ir hilvanando la historia familiar de cada uno de los personajes principales.
De igual manera, vemos que todas y cada una de estas historias, se encuentra sustentada en la importancia de las raíces del árbol familiar y de la imponencia que cada uno de los personajes tiene para esa institución que conforma.
Sin embargo, en toda la obra hay una obsesión constante por temas como: las influencias culturales externas que impactaron ‘Nuestra América’, de José Martí; por la alusión explícita y poética a la sexualidad y al erotismo; así como por los trazos de misticismo que otorgan a la tierra nuestras raíces.
Se siente además un goce del autor por la repetición de palabras, por el desorden gramatical, el tono poético y el color amarillo, que es reiterativo en toda la obra.
Se denota también la posición de poeta y la gran erudición de Lezama Lima, que le permite reproducir una realidad cotidiana demarcada en una fascinante mitología y presentada al lector a través de una metáfora desbordada.
Una realidad atravesada por distorsiones mentales y gramaticales, que obligan al lector a un ejercicio continuo de reconstrucción y reordenamiento imaginario. Una realidad que remite a la vida del autor, pero también a las experiencias del lector.
Lezama, llega a grados de elevación lírica y de complicación a veces impenetrable para el lector, pero ese mismo misterio es el que atrapa y obsesiona por la obra.Artículos Recientes
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