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Bogotá D.C. 20 de mayo de 2012

ISSN 2145-7999

Novela colombiana de la posmodernidad

Novela colombiana de la posmodernidad   

 

Por KATERINE JAIMES PEÑA

Bogotá DC, 22 de agosto de 2009.

José Alejandro Rodríguez y Henry Luque Muñoz, escriben en el capítulo Evolución de la literatura colombiana, de la Enciclopedia de Colombia, que una revisión de la novelística colombiana de fines del siglo XX y principios del XXI nos conduce a varios hechos. “Es posible afirmar, en primer lugar, que su ingreso a la modernidad no ha respondido a un proceso de evolución teológica, sino más bien a una dinámica de discontinuidades y recuperaciones, esencialmente distinta al de las rupturas de la tradición”.

En el segundo lugar se encuentra una suerte de liberación del género, en el sentido de que su tradicional compromiso con la mímesis de lo social o con la vehiculación ideológica se van reduciendo hasta permitir una marcha autónoma y heterogénea. Finalmente, es posible observar una fuerte tensión entre lo que hemos llamado escritura moderna y posmoderna. (Página  710)   

     

La autoconciencia de la escritura

Cuando se habla de autoconciencia en la literatura, se hace referencia al hecho de que los autores posmodernos crean obras que se reconstruyen a sí mismas.

Es decir, que la conciencia del autor de que la escritura es una creación lo conduce a realizar una doble productividad, término que usa Jaime Alejandro Rodríguez, director del programa de Literatura de la Universidad Javeriana, para referirse a una novela que es por un lado narrativa y por otro filosofía de sí misma.

Son obras que obligan a lector a reconstruir la historia y que no se la entrega de manera lineal. “Así por ejemplo, en el texto del escritor colombiano Julio Olaciregui, Trapos al sol (1991), no sólo se propone abiertamente la doble productividad…sino que se presenta un fuerte matiz autoconsciente que lo convierte en una máquina de fuerzas creativas: Pero aquí no hay ahora personajes, hay un hombre escribiendo. La ficción, el mito, el argumento, el sentido, deben intuirse”. (Página 710/Enciclopedia de Colombia)

Lo que pretendemos decir es que en estas novelas la idea del escritor al que la musa dicta lo que debe escribir ya no existe, la literatura se debela como un artefacto y una creación artística. Además, exige del lector nuevas maneras de asimilar las obras, pues ahora lo que se le entrega es un caos que el debe reconstruir.

Escriben José Alejandro Rodríguez y Henry Luque Muñoz, refiriéndose a la obra del colombiano Rodrigo Parra Sandoval, que “El libro que resulta no obedece ya a ninguna regla de presentación genérica; en él, la contiguidad no existe, la pluralidad se instala como sugiriendo un nuevo saber-oír el mundo, que exige competencias novedosas para escuchar la polifonía (Multiplicidad de voces) del carnaval. La parodia y la teoría adquieren un mismo nivel de prioridades”…(Página 711)

Señalan también como ejemplo de la posmodernidad en Colombia la obra Las puertas del infierno, de José Luis Díaz Granados, que operaría como un collage “..posee un alto grado de auto conciencia, que se autocritica y se auto-destruye.  Novela que hace redundante la voz del autor (y por lo tanto lo condena), que se juega a la autonomía, que rompe los marcos entre literatura y vida…”

En esta corriente, aunque con una estrategia distinta, incluyen la obra La otra selva, de Boris Salazar.  “El autor se vale aquí de la estructura del relato policiaco para mostrar la complejidad del mundo contemporáneo.  Una estructura como ésta, aparentemente leve, se complica: las voces no confluyen y el lector se ve forzado a recomponer (aunque, con este esfuerzo, disfruta de la capacidad de crear y transcrear la misma obra).  Hay capítulos que no se relacionan, capítulos “isla” que quizá cargan la significación más profunda…y la conciencia de escritura es expuesta por los propios narradores…La acción de bricolage aquí plantea un continum: no sólo el autor y los personajes lo juegan, también el lector se ve impelido a convertirse en bricoleur”.

Jaime Alejandro Rodríguez, director del programa de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana, destaca de estas obras nuevas algunas características diferenciales:

La intertextualidad, que es el diálogo con otras obras e incluso el hurto frentero de algunos elementos de estas.

Escribe Jaime Alejandro en su texto La posmodernidad y otras yerbas que “…el autor actúa como un "bricoleur", no opera con materias primas, sino con materias ya elaboradas, con fragmentos de obras, con sobras y trazas y fabrica su texto a partir de un universo textual ya dado.  La obra se hace múltiple”.

Agrega, que para el caso de la novela, el narrador asume el papel de compilador y organizador (editor) de las materias narrativas al interior del mundo ficticio y “no es un inocente colector de textos preexistentes, sino un activo productor de discurso intertextual, operando desde un material que altera intencionalmente para exacerbar las confrontaciones múltiples y para producir un efecto (tan sólo un efecto) de realidad total”.

Otro de los rasgos que destaca de esta nueva narrativa es la metaficción, que es cuando la novela reflexiona sobre su propia creación, es decir, el autor incluye tanto la ficción como la teorización de la creación de su obra. Entonces, la escritura se convierte en un tema dentro de la narración.

“Quizás una de las novelas colombianas que mejor ejemplifica las posibilidades expresivas de la metaficción es La Ciudad interior de Fredy Téllez, no sólo porque “tematiza” el problema de la escritura, sino porque revela las dinámicas de ruptura presentes en el proceso de creación-comunicación de la novela”. 

Agrega el autor que en la obra Los Cuadernos de N de Nicolás Suescún, se sintetizan todos los gestos posmodernos: “debilitamiento de la autoridad discursiva a través del prólogo que anuncia la reducción del contenido de la obra a simple materiales “hallados” por casualidad, fragmentación radical que le resta unidad narrativa, juegos extralinguiísticos, intertextualidad, autoconciencia, ausencia de trama o de perfiles psicológicos, estructuración azarosa que no confluye, entre otros rasgos.  Pero quizás lo más valioso es que no sólo se trata de un procedimiento formal suelto: la obra intenta “mostrar” las condiciones culturales de la  posmodernidad:  la fragmentación del sujeto y todos los rasgos de lo que Jameson ha llamado el piso afectivo de la cultura posindustrial.  Aquí, tanto la expresión como el contenido son posmodernos”…

En suma, las características que Jaime Alejandro Rodríguez destaca de la novela posmoderna son:

Desaparece la idea de totalidad y de verdad absoluta.

Los relatos son fragmentados. Es decir, no hay una historia lineal ni un argumento o personajes claros.

La verdad es relativa. No hay una verdad absoluta.

Ante esto, sólo le queda al lector la posibilidad del juego.

Dichas obras buscarían: revolucionar los cánones y desnudar la literatura como un artificio más.

Exige la interacción del lector como productor.

Están presentes la autoconciencia de la escritura y el discurso crítico.

Acude a la intertextualidad como diálogo con otros textos, relatos y otros materiales ya elaborados, como hurto y como artificio para performar, crear y jugar.

Acude a la yuxtaposición, a la simultaneidad, a la repetición.

El lenguaje actúa como el verdadero creador de la acción y de la novela.

El sueño y la imaginación comienzan a diluir la realidad, hasta que el lenguaje la absorbe.

Es una escritura que mantiene el caos.