Inicio



 

Hotel Hacienda del Salitre

Hotel  Sochagota
Bogotá D.C. 29 de julio de 2014

ISSN 2145-7999

La novela contemporánea en Colombia

Historia de la literatura colombiana II

La novela contemporánea


Bogotá, 10 de agosto de 2009

Por KATERINE JAIMES PEÑA

La novela contemporánea es considerada la real expresión de la literatura colombiana y en ella surgen personajes tan importantes como Gabriel García Márquez, que rompen la tradición colonial, regionalista y naturalista en un impulso profundamente modernista. Así, el periodo de finales del siglo XIX y principios del XX significará el reconocimiento internacional de la novela colombiana y una separación de su tradición romántica-costumbrista.

Hacia finales del siglo XIX, se pueden apreciar así dos tendencias, una de tipo escapista, que significa una vuelta hacia el romanticismo lírico. Otra, que significa un retorno a los espacios y gentes corrientes  y a los temas locales. Esta línea concreta otro ideal: la crítica social, pero demarcada por la ironía y la sátira. Así se señala en la Enciclopedia de Colombia.

José Alejandro Rodríguez y Henry Luque Muñoz, escriben en el capítulo Evolución de la literatura colombiana, que en este momento histórico se deben tener en cuenta cuatro aspectos: el rotundo éxito extranacional de la novela del escritor José Eustasio Rivera, La vorágine; el surgimiento de una tradición de novela de la violencia; la obtención del premio Nobel de literatura de Gabriel García Márquez y la generación de toda una novelística posmacondiana, heterogénea y rica, que se posesiona en Hispanoamérica y el mundo. (Páginas 703-704)

Modernismo y modernidad 

Estos autores señalan también que la evolución de la novela colombiana debe entenderse como un tenso progreso desde el modernismo inicial hacia los parámetros de una modernidad literaria y desde estos últimos hasta la llamada posmodernidad.

Dentro del conjunto de novelas que podría representar claramente esta línea de desarrollo están: De sobremesa, La vorágine y Cuatro años a bordo de mí mismo, entre otras.

“En todas ellas, más que la autoafirmación artística exigida por el modernismo, se va dando una discusión sobre la primacía entre ficción y realidad, que culminará en la posición posmoderna de declaración de la realidad como texto”, escriben.

Además en ella el papel del autor sobresale, incluso, al fundamento histórico o real. Así, en Cuatro años a bordo de mí miso, por ejemplo, la escritura es la gran protagonista de la narración. Ver artículo relacionado.

La novela sobre la violencia    

José Alejandro Rodríguez y Henry Luque Muñoz  señalan que con la violencia partidista que vivió Colombia durante la década de 1950 y 1960 surgió en la literatura colombiana una tradición de escrituras que se inicia como “puro testimonio y logra con el tiempo afianzarse como una opción estética, en la que la fuerza de lo temático va dando paso a la elaboración de gran alcance y valor artístico”.

Por ejemplo, escriben los autores, en Gabriel García Márquez la evolución de la novela sobre la violencia se explica por la conjunción de dos factores: de un lado la imposibilidad de sustraerse a los vientos de la historia y la realidad social y de otro lado, el grado de preparación con el que contaban los escritores para asumir ese reto. A mayor preparación, obras de más alcance artístico.

Sin embargo, algunas no son más que crónicas y testimonios periodísticos sin mucho logro estético. “Los primeros libros no son más que crónicas y recuerdos de los muertos, pero en la medida en que el tiempo pasa y escritopes de mayor talla se lanzan a la escritura de la novela de la violencia, se inicia la publicación de obras que ya no la tematizan de manera tan directa, sino que la asumen como un fenómeno complejo y directo”. (Página 707)  

Ejemplo: El cristo de espaldas (Eduardo Caballero Calderón), Marea de ratas (Arturo Echeverri Mejía), La hojarasca, La mala hora, El coronel no tiene quién le escriba (‘Gabo’), El día señalado (Manuel Mejía Vallejo), La casa grande, entre otras. Posteriormente se escriben otras novelas que abordan este tema como Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazábal, y Años de fuga, de Plinio Apuleyo Mendoza. Escritas en 1972 y 1979, de manera respectiva.        

Anotan los autores, que nunca antes en la historia de la literatura colombiana se había logrado una producción literaria tan extensa como en los años comprendidos entre 1946 y 1966. Un total de 70.

“Posteriormente, el país pasa de la violencia partidista a la de las guerrillas de la década de los sesenta y setenta y luego a la del narcotráficos de los años ochenta y noventa. A ésta, también se le alude en la novelística colombiana”. Por ejemplo, la obras de Arturo Alape que se centran en la violencia guerrillera y una muy reciente La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, sobre la violencia en Medellín. 

En realismo mágico de ‘Gabo’

Para José Alejandro Rodríguez y Henry Luque Muñoz, Gabriel García Márquez es heredero de la tradición de la novela de la violencia y periodista consumado, pero al mismo tiempo tiene claridad sobre el gran poder de la literatura.

“…representa la síntesis de las dos tendencias más fuertes de la novela colombiana: la estético modernista y la realista. Su proyecto puede leerse como un intento por potenciar al máximo las tumultuosas relaciones entre historia y literatura, entre realidad y ficción”. (Página 708)

Desde este punto de vista, la obra de García Márquez también puede apreciarse como una especie de eje que, de un lado, mediante una conciencia de modernidad muy aguda, sabe recoger los parámetros de los que beberá la novela posmoderna.

José Alejandro Rodríguez y Henry Luque Muñoz destacan tres grandes ciclos de la obra de este autor: El del inicio incluye sus primeras novelas y llega hasta Cien años de soledad. Un primer impulso está guiado por la descripción subjetiva de la realidad, en un segundo momento se valdrá del realismo y del objetivismo para narrar desde afuera los efectos de una violencia, ya no desde la explicación evidente, sino desde la exposición de algunos signos que el lector tendrá que interpretar como el de las resonancias íntimas de la barbarie. El ciclo concluye con una síntesis de las dos técnicas y con la magnificación de los elementos tratados en sus dos novelas previas. Ver artículo relacionado.

La novela finisecular   

José Alejandro Rodríguez y Henry Luque Muñoz señalan que, a finales de la década de 1970 y  tal vez como una reacción a la enorme influencia de la obra de García Márquez, se comienzan a presentar en la novela colombiana propuestas que buscan, desde la exploración del lenguaje, la potenciación de la fábula y la indagación de realidades inéditas, así como un nuevo posicionamiento, ya sea acudiendo al deslinde de la tradición o a una recuperación de exploraciones marginales o no completamente desarrolladas.

“Se impone la necesidad de romper los límites de la escritura, testimoniar el espacio urbano en la narrativa nacional, bucear en la historia y reformular los lenguajes. Es como una explosión que no para y que hace del panorama de la novela reciente un inmenso paisaje de objetos heterogéneos y no siempre asociables. Cancelar el macondismo y reafirmar nuevos lenguajes parece la consigna general. Se investiga el pasado nacional o se trabaja la ciudad o bien se realza la parodia o se ensayan los parámetros posmodernistas, en busca de esa expresión más auténtica  que los jóvenes narradores se ven obligados a encontrar. (Página 709)